La joven ocupa la zona central izquierda. El acordeón cruza su torso y el teclado conduce la mirada hacia las manos. Detrás, un tronco ancho asciende en diagonal y abre una copa que da cobijo al grupo. Las demás figuras quedan en la parte más oscura, dispuestas sin orden militar: una parece sentada y otra se vuelve hacia un compañero. Esa distribución establece un momento de descanso sin precisar si la música ha comenzado o terminado.
Cui construye las figuras con un dibujo controlado y las envuelve en verdes superpuestos. El rostro y las manos reciben mayor precisión; el rojo del acordeón y otros tonos cálidos destacan entre el follaje. Toques cortos de verde profundo, amarillo y azul forman las hojas, interrumpidas por pequeñas aberturas de luz. Pinceladas más anchas y grises parduzcas describen la corteza, afirman la composición y dan al encuentro un lugar concreto.
El acordeón podría funcionar como emblema público, pero aquí pertenece a quienes lo tocan y escuchan. La mujer no interpreta de frente y sus compañeros no forman un público. La música ocupa un tiempo compartido. La formación realista de Cui se aprecia sobre todo en la mano levantada, el giro del cuerpo y las distintas posturas de reposo. Esos detalles diferencian a cada persona y aclaran las posturas y la relación física dentro del grupo.