Los troncos altos nacen en el borde inferior y continúan fuera del cuadro. Dos árboles centrales se inclinan en direcciones opuestas; a la derecha, uno más grueso y recto funciona como apoyo visual. Tallos delgados pasan entre ellos y algunas ramas partidas establecen enlaces laterales. La masa compacta y oscura del fondo contrasta con el suelo claro, donde cada cambio de equilibrio resulta legible.
Oro, ocre, gris y blanco se superponen con espesor sobre los troncos. Las zonas raspadas recuerdan la corteza que se desprende y acentúan el giro de las formas. El fondo reúne pinceladas cortas de verde profundo, atravesadas por ramas lineales y rápidas. Cielo y hierba reciben un tratamiento más amplio. Las diferencias de grosor y dirección convierten los árboles inmóviles en una secuencia de acciones corporales.
Yang ha descrito los árboles de esta serie como portadores de recuerdos de infancia. La personificación nace de la postura: una forma se sostiene, otra gira y otra parece extenderse hacia la vecina. La corteza, las ramas rotas y las heridas siguen siendo concretas. Crecimiento, apoyo y compañía quedan así inscritos en la estructura natural de la arboleda. La disposición de troncos, apoyos y distancias da al título una base visible dentro de un bosque concreto.