La ladera izquierda ocupa casi un tercio del lienzo y crea un equilibrio desigual con el terreno más abierto de la derecha. Una diagonal que nace en el centro inferior es el eje principal; cruza varios escalones horizontales antes de alcanzar la cresta. Las casas forman arriba una banda clara y estrecha, con un árbol verde oscuro y una estructura vertical blanco grisácea que aportan escala. No se ve ningún caminante. El propio terreno conecta el primer plano con el poblado, y sus cortes y altura mantienen las viviendas lejanas.
Ocre, amarillo terroso, gris parduzco y negro se arrastran y raspan repetidamente sobre la pendiente. Trazos diagonales largos siguen el ascenso y otros horizontales, más cortos, señalan los niveles. La pintura gruesa se acumula en bordes ásperos, mientras capas claras aparecen a través de las incisiones. Las casas se reducen a bloques juntos de crema, amarillo pálido y malva. Cobalto, gris azulado y blanco se mueven con mayor libertad por montañas y cielo. El cambio de espesor permite que la luz caiga de manera desigual sobre un terreno concreto.
La obra de Chen atiende a la vida local, el tejido de las ciudades antiguas y la memoria regional. Su práctica de tinta de trazo libre favorece la selección de pocas marcas capaces de fijar un lugar. En este óleo, varias líneas raspadas levantan la ladera y pequeños bloques luminosos sitúan las casas. Mirar el poblado a través de un terreno cortado da a la “memoria” una base visible en distancia, obstáculos y claridad intermitente.