El árbol se bifurca desde la esquina inferior izquierda y ocupa casi todo el lienzo. Grupos de flores pálidas ocultan partes del fondo y dejan pequeñas aberturas hacia el agua y la colina. El hombre y el perro son diminutos, aunque sus siluetas oscuras se distinguen con facilidad. Ambos avanzan en la misma dirección; el paso humano y el cuerpo bajo del animal forman una pareja natural bajo la copa.
Yang forma las flores con toques breves de blanco, rosa, gris azulado y verde tierno, sin perfilar cada una. La materia espesa retiene la luz y el color frío, más frotado, entra en las sombras. Ramas curvas en gris pardo y violeta enlazan los puntos sueltos. Trazos horizontales más amplios asientan el prado y suavizan la lejanía. La densidad próxima y el fondo abierto dan profundidad a una paleta clara.
Los árboles aparecen repetidamente en las series Homeland y Dancer de Yang, donde troncos y ramas aportan estructura al paisaje y movimiento rítmico. Aquí, la copa en flor sigue siendo la forma dominante y el hombre con el perro añade una acción sencilla bajo ella. El árbol, el campo y el agua permanecen reconocibles, mientras las flores se abren en puntos de color. La relación con esas series explica su regreso al motivo. En esta obra, las ramas y las flores enlazan el tronco aislado con el cielo pálido y el terreno húmedo.