El caballo blanco cruza en horizontal la zona media y gira la cabeza hacia la mujer situada a la derecha. El vestido largo y el brazo levantado casi se unen al contorno claro del cuello. Encima, las ramas forman un dosel de pequeñas flores; debajo, la hierba recibe con firmeza los cascos y el borde de la falda. Sin testigos ni acciones secundarias, la atención se mantiene en el acercamiento recíproco de la persona y el animal.
Blancos fríos, grises pálidos y leves violetas modelan el caballo, con cambios de tono claros en el lomo y el vientre. El vestido utiliza colores próximos en trazos más largos y suaves, de modo que ambos cuerpos se relacionan sin confundirse. Pequeñas hojas y flores alternan con zonas verdes más amplias. Los tonos oscuros se reservan para troncos, crin y sombras puntuales; la calma procede de una paleta luminosa cuidadosamente medida.
Li ha trabajado de forma constante con figuras, caballos y paisaje. Su formación académica rusa concede importancia a anatomía, proporción y espacio; en su etapa madura, un color más lírico suaviza esa estructura. Las tres vertientes coinciden aquí. La postura del caballo debe ser convincente, el gesto de la mujer crea el vínculo y la floración establece la estación. La corta distancia entre la mano y el cuello detiene el gesto justo antes del contacto.